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Desarrollo Sostenible – Lo que hemos aprendido

21 Junio 2012

Frank Turner, SJ

Las ideas sobre el desarrollo también cambian, se desarrollan podríamos decir.  No nos podemos imaginar hoy, tal y como mucha gente pensaba en la década de los 1960s, que economías menos desarrolladas simplemente “despegarían” (take off) una vez que alcanzasen un punto crítico, en virtud de una tendencia que podríamos llamar natural hacia el progreso.

Estas teorías tan influyentes como ingenuas fueron descritas por el investigador social norte americano Walt Rostow, en 1960, en un trabajo de gran impacto titulado Las etapas del desarrollo: una declaración no comunista.  ‘Economías subdesarrolladas’ no alcanzarían necesariamente a las más ricas, pero compartirían, cada vez más, la creciente prosperidad, motivados por el ejemplo de sus vecinos más prósperos.  Los países ricos, se suponía, eran el modelo al cual debían aspirar los países más pobres.  Según esta interpretación el desarrollo es un proceso harmónico en el que los intereses de todos, más o menos, coinciden.

La Iglesia, con mucho más contacto con la realidad humana que un profesor universitario de Estados Unidos, fue mucho más prudente.  Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris (1963) aceptó la premisa de Rostow que subraya que los países atraviesan ‘diferentes estadios de desarrollo’ (p 73) pero (en un momento en el que, indirectamente, los conflictos entre las potencias de la Guerra Fría eran sobre el control de recursos, instrumentalizando a los países más pobres) evitó dar por supuesto un estado de harmonía natural entre las naciones.  Más bien habría un combate por el dominio entre las naciones (p 92-93) y por eso lanzó una llamada a la ‘solidaridad’ (casi unos veinte años antes de que Juan Pablo II adoptara este término); ha alentado la puesta en común de recursos materiales y espirituales (p 98) y el tratamiento de las diferencias mediante la negociación, ‘no por la fuerza armada, ni por engaño o argucia’ (p 93).

Lo que siguió a los años 60 tristemente dio la razón a los temores de Juan XXIII.  A través de la Guerra Fría, las superpotencias utilizaron las guerras de los países satélites en lo que llamaban el ‘Tercer Mundo’ ( el Primero serían los países occidentales y el segundo la URSS).  Mientras tanto se explotaban los recursos naturales de América Latina y África por las potencias dominantes para satisfacer las necesidades estratégicas de sus industrias más que para el desarrollo de esos pueblos.

Estos dos procesos diferentes se combinaron para dar lugar a un efecto sombrío.  La guerra civil de Angola, que duró desde 1975 a 2002, no habría durado tanto tiempo si Angola no hubiese sido rica en petróleo y diamantes, así mientras un bando era sostenido por la Unión Sovietica y Cuba, el otro lo era por los EE. UU., Israel y el régimen del apartheid de Sud África.  Así nos enteramos de la maldición de los recursos’ más que del enriquecimiento por los recursos.  Mientras tanto, las instituciones de Bretton Woods, dominadas por Occidente (principalmente el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) normalmente incorporaron, como condición para sus préstamos, a los países pobres, las políticas de desregulación y privatización; la priorización de cultivos comerciales para la exportación, en lugar de agricultura en pequeña escala para el sustento; una política que en muchos sentidos hacía el desarrollo más difícil, mientras que favorecía a los países más ricos.

Una cosas que hemos aprendido es que el desarrollo sostenible no se puede conseguir salvo si se convierte en un principio de empoderamiento, allí donde se sostienen las capacidades de participación de los países, no sólo sus materias primarias.  Así el Papa Benedicto XVI, en 2005, en su encíclica Caritas in Veritate incluye en el subtítulo la frase ‘desarrollo humano integral’: la palabra ‘desarrollo’ aparece más de 100 veces en la carta, pero insiste mucho en que no es posible el desarrollo sin ‘justicia’ como tampoco es posible sin ponerlo al servicio del ‘bien común’ (es decir, el bien que no es aceptable cuando se excluye a los pobres de él).  Promoviendo estos dos objetivos, conjuntamente, dice el Papa, ‘ésta es la vía institucional – también política, podríamos decir – de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis’ (p 7).

En distintos mensajes con motivo de las Jornadas Mundial de la Paz muestran los cambios en la reflexión sobre estos modelos, desde ‘crecimiento’ a justicia.  En el mensaje de 2009, el Papa Benedicto escribió sobre las negativas consecuencias del ‘superdesarrollo’ (p 2).  En el mensaje de 2010 de Juan Pablo II: ‘Paz con Dios creador, paz con toda la creación, es evidente que una solución adecuada no puede consistir simplemente en una gestión mejor o en un uso menos irracional de los recursos de la tierra.  Aun reconociendo la utilidad práctica de tales medios, parece necesario remontarse hasta los orígenes y afrontar en su conjunto la profunda crisis moral, de la que el deterioro ambiental es uno de los aspectos más preocupantes’ (p 5, resaltado en el original). Benedicto XVI apelará no sólo a una ‘eficiencia energética (una fórmula compatible con la economía liberal) sino que propone una redistribución de los recursos energéticos en favor de las naciones que carecen de ellos’ (Jornada Mundial de la Paz 2010, p 9).

Por lo tanto, hemos aprendido algo más, aunque ciertamente nuestras sociedades necesitan tiempo para digerir sus implicaciones.  El desarrollo sostenible deber ser, de ahora en adelante, un principio fundante de las políticas públicas.  No podemos ‘crecer’ para salir de la crisis económica actual a menos que el crecimiento signifique el ‘desarrollo humano integral’ que no es una mera acumulación de posesiones para una minoría sino que el crecimiento debe favorecer a todos, especialmente a los que más lo necesitan.

El énfasis de este crecimiento debe ponerse en diferenciar a quién y cómo beneficia.  Cuando hablamos de la Unión Europea o los Estados Unidos podemos hablar de ‘desarrollo sostenible.’  Cuando hablamos de los países más pobres del mundo sería mejor hablar de ‘desarrollo sostenible.’

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Este artículo también está disponible en:: Inglés

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