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Energía y esclavitud

31 Mayo 2012

Luces de la tierra. Foto de: industrial-energy.lbl.gov

Guillaume Emin

La Biblia nos recuerda a menudo que a veces estamos llamados a formas especiales de despertar espiritual, sobre todo, cuando nacemos en situaciones en las que el pecado puede ser fácilmente institucionalizado o se da por sentado.  Hoy en día se necesitan numerosos “despertares de conciencia” para hacer frente al materialismo, la secularización y la indiferencia religiosa, no sólo ante cuestiones morales y el respeto por la vida, los problemas de la pobreza, sino también de cara a los riesgos de la energía, el cambio climático y las “emisiones de carbono.”

También hay similitudes significativas entre la restricción del carbono y la esclavitud que ha sido uno de los grandes desafíos sociales para los cristianos (no sólo para ellos) en los siglos XVIII y XIX.  Durante un periodo largo de tiempo, los esclavos nos permitieron compensar el acceso limitado la energía.  Incluso a finales del siglo XIX (1880), el mundo consumía sólo 200 toneladas equivalentes de petróleo (Tep), o alrededor de 1.500 kWh por persona y año.  En 2010, se consumieron 12 mil millones  Tep, o 20.000 kWh por persona y año ¡tanto como 80.000 kWh/ año en los Estados Unidos o 45.000 kWh/ año en Francia!

Nuestro nivel de vida ha aumentado vertiginosamente y la esclavitud ha dejado de ser rentable.  El cuerpo humano genera entre 0.05 y 0.50 kWh de energía mecánica por día (Jancovici, 2005), mientras un litro de gasolina (que cuesta menos de dos dólares) puede proporcionar 4 kWh de energía mecánica.

Una razón importante para la abolición de la esclavitud fue el acceso a una energía que era mucho menos costosa (económica y moralmente) que la de los esclavos.  Por supuesto, la abolición de la esclavitud se considera hoy como un progreso moral.  Este progreso se basó en las llamadas cuatro virtudes cardinales de la tradición cristiana: la prudencia (que apela a la inteligencia con la creación de consenso y la propuesta de soluciones), la justicia (que requiere la denuncia de las injusticias), la templanza (para renunciar al uso de esclavos que implica sacrificios en términos de bienestar material) y la fortaleza, (como dificultad de llevar a cabo la abolición de la esclavitud sin un mínimo de fuerza y perseverancia).

Hoy en día, estas mismas virtudes deberían estar al servicio de la adaptación a las “restricciones de carbono.”  En primer lugar, “la esclavitud de la energía” parece mucho menos impactante que la de la “normal” esclavitud del pasado, pero no obstante podemos observar similitudes:

La extracción de combustibles fósiles (80% de la energía) da lugar a importantes problemas humanos (conflictos, contaminación, accidentes, etc.) y el proceso de extracción de estos recursos a menudo puede llegar a evocarnos el trabajo de los esclavos de la antigüedad.  Por otra parte, el hecho de que los recursos fósiles son limitados implica la obligación de utilizarlos con moderación, teniendo en cuenta sus ventajas en términos de costos y de moral (en oposición a la esclavitud o el trabajo forzado).

Otra similitud es el problema del cambio climático que podría provocar un sufrimiento humano significativo, al igual que la esclavitud en el pasado.  Por ejemplo, podría conducir directamente a que 600 millones de personas adicionales padezcan hambre en el año 2080 (PNUD, 2007).

Además, los países más afectados por el cambio climático serán los más pobres, los países más vulnerables, a menudo situados en zonas de gran riesgo.  Pero los más pobres son también los que  menos han contribuyen al cambio climático y los que menos se han beneficiado del uso de los combustibles fósiles.  En el pasado, los que se beneficiaron de la esclavitud tenían todo tipo de “buenas” razones para justificar tal práctica (las condiciones de vida, las presiones sociales, etc).  También nosotros encontramos numerosas excusas a la hora de evaluar nuestros estilos de vida (por ejemplo, la idea de que nuestras acciones no cambian nada si se quedan sólo en acciones individuales).  Sin embargo, juzgamos con dureza el pasado, y las generaciones futuras nos juzgarán tal vez no menos severamente, a su vez.

En sexto lugar, los esclavos “ordinarios” eran conocidos directamente por sus explotadores, mientras que nosotros no conocemos personalmente a las víctimas del cambio climático.  Sin embargo, nuestra posición es de alguna manera similar a todas aquellas personas que se beneficiaron indirectamente de los “beneficios” que la esclavitud trajo a toda la sociedad.

Una sorprendente similitud es también que, en ambos casos, se impone una deuda con las generaciones futuras.  Las consecuencias de la esclavitud “normal” se han mantenido mucho tiempo después de su abolición: el prejuicio racial o el apartheid, las estructuras familiares débiles, etc.  La deuda impuesta por nuestras prácticas actuales de la energía se refiere, por ejemplo, a la consecuencia del cambio climático y al agotamiento de los recursos naturales.  En ambas formas de esclavitud, los “señores” desarrollaron un tipo de dependencia con aquellos o aquello que explotaban: paradójicamente, esto puede ser alienante: en el caso de la energía, a través de actitudes tales como el consumismo.

Desde el punto de vista de la de energía o de las cuestiones climáticas , tenemos una especial responsabilidad como cristianos, pues desde la fe conocemos la inmensidad de los regalos del creador, su amor por nosotros, y su salvación en Cristo.  Y sabemos que “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12,48).

Podríamos estar tentados por el desaliento de la magnitud del desafío que tenemos ante nosotros, pero afortunadamente tenemos una gran fuente de esperanza en Dios.  “El Espíritu Santo sopla donde quiere,” y Dios puede animar un profundo despertar, si así lo quiere.  Podemos recurrir a El en oración, tratando también de participar plenamente en su testamento, en la medida de los medios que nos da.  Ora et labora!

Otras lecturas:

Past connections and present similarities in slave ownership and fossil fuel usage, Jean-François Mouhot, 2008

Des esclaves énergétiques: Réflexions sur le changement climatique, Jean-François Mouhot, 2011

Manicore, Jean-Marc Jancovici

Guillaume Emin

El autor es un analista de sostenibilidad en Dexia Asset Management en Bruselas, Bélgica. Su tarea se centra en la intetración de questiones medioambientales, sociales y de gestión (ESG) en los procesos de inversión de los fondos SRI.  Guillaume se graduó en Ceincias Políticas en Paris (L’Institut d’études politiques de Paris, FranciaSciences Po en 2009) con un Master en Finanzas.  Puede ponerse en contacto através de su email: g.emin(at)hotmail.fr.

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Este artículo también está disponible en:: Inglés

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