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La esperanza, motor del cambio

20 Junio 2012

Luis Arancibia

El 9 de abril de 1992, hace exactamente 20 años, el volcán Cerro Negro, situado en la comarca de Lechecuagos cerca de la ciudad de León en Nicaragua, estalló en una violenta erupción que cubrió de cenizas más de 25.000 ha de pequeños campesinos pobres, daño seriamente ocho escuelas, contaminó los pozos de agua y destruyó los pocos caminos e infraestructuras existentes.  Se trataba de una comunidad campesina que había sufrido la opresión somocista, la guerra posterior y la pobreza de tantas comunidades rurales de América Latina.

En el verano de 2004 tuve la suerte de compartir unos meses con esa comunidad comprometida y luchadora.  Las condiciones de vida seguían siendo muy duras y la pobreza golpeaba por todos lados.  Sin embargo, se habían reconstruido las escuelas de Fe y Alegría dirigidas por las religiosas de la Asunción y habían crecido hasta la docena; tenían un sistema de agua canalizada, gestionado por la propia organización comunitaria, que llevaba agua potable a cada casa; habían creado el banco de semillas que permitía a cerca de 200 familias librarse de los intereses de los usureros; incluso, gracias a su lucha y perseverancia habían instalado una red eléctrica que abastecía a la comunidad[1].

Hace unos meses, unos compañeros visitaron la comunidad y supe que seguían mejorando lenta pero constantemente su calidad de vida, gracias a una organización comunitaria sólida, basada en las comunidades cristianas de base que se reúnen periódicamente a compartir la palabra, la vida y la lucha.

La historia de Lechecuagos es extraordinaria, pero no es única ni excepcional.  Hay otras muchas historias de pequeñas y grandes conquistas, de victorias sobre la muerte de la pobreza y la explotación.  Sin embargo, en nuestro trabajo por la justicia que nace de la fe no siempre reconocemos, celebramos y agradecemos los signos de esperanza que existen a nuestro alrededor.  El sufrimiento de las personas que viven en la pobreza, la indignación que nos producen la desigualdad y la injusticia y la urgencia del activismo en el que vivimos inmersos, no nos permite tomar conciencia agradecida de los relatos concretos a través de los cuales la vida se abre paso, como un signo de la presencia del Reino entre nosotros.  Solo si tenemos una mirada agradecida sobre nuestra realidad y nuestro mundo, somos capaces de traspasar el fatalismo y reconocer la presencia del Dios de la vida en lo germinal, como dice tan bellamente Benjamín Gonzalez Buelta.  Necesitamos reconocer y celebrar, pues solo así nuestra memoria se hace agradecida y nuestra mirada se vuelve esperanzada al reconocer al Dios de la vida actuando en lo profundo de la historia e invitándonos a prolongar la tarea a favor del desarrollo humano y sostenible.

En estos veinte años desde la cumbre de Rio encontramos motivos para la preocupación por una desigualdad que no para de crecer y para la indignación por el desinterés de los líderes de nuestro mundo en combatir con voluntad política la pobreza en la que vive aun casi la mitad de nuestro mundo y el deterioro ambiental que amenaza la creación entera.

Pero al hacer memoria de estos años, podemos  encontrar también motivos para la esperanza, razones para el agradecimiento, argumentos para la celebración.  A pesar del crecimiento global de la población, el número de personas por debajo del umbral internacional de pobreza (1.25$/día) ha disminuido de 1.800 a 1.400 millones de personas en estos veinte años[2]; de cada 1.000 niños en países del Sur, 36 más que en 1992  sobreviven; la esperanza de vida en los países menos avanzados ha aumentado en cinco años y medio, alcanzando los 55.9 años[3] y el número de personas que tiene acceso al agua potable en África subsahariana ha pasado de 252 a 492 millones; en estos años, el porcentaje de mujeres parlamentarias casi se ha duplicado pasando de 11 a 20%.

No son solo cifras.  Son historias de superación, lucha y supervivencia personal y comunitaria.  Son triunfos de la vida, que estamos llamados a reconocer, agradecer y celebrar.

También podemos encontrar un signo de esperanza, en medio de tantas dificultades y limitaciones que identifico con mucha mayor facilidad, es la creciente toma de conciencia, sensibilización, movilización e incluso capacidad de influencia de la sociedad civil organizada.  En estos años hemos asistido al surgimiento del movimiento antiglobalización y al desarrollo de las redes globales de organizaciones no gubernamentales; hemos visto desarrollarse a los foros sociales mundiales y a las comunidades indígenas de base organizarse y lograr reconocimiento y poder; hemos asistido al reconocimiento universal de los derechos humanos y a las revoluciones pacificas a favor de la democracia en muchos rincones del mundo; hemos sido testigos del la toma de conciencia medioambiental en gobiernos, empresas y personas que el movimiento ecologista ha conseguido.

Son triunfos incompletos, logros insuficientes ante la magnitud de los problemas y de los desafíos a los que nos enfrentamos.  Pero son avances que hemos de reconocer, logros que estamos invitados a agradecer, victorias que no siempre celebramos como se merecen.

Veinte años después de Rio los desafíos para el desarrollo sostenible de nuestro mundo siguen siendo gigantescos y el trabajo por la justicia social y medioambiental sigue siendo una tarea prioritaria.  La fe en el Dios de la vida constituye un motor incombustible para seguir colaborando en la tarea de hacer de nuestro mundo un lugar más habitable y humano para todas las personas.  Pero la justicia y la fe, se alimentan de una memoria agradecida, de una mirada lúcida y de una celebración conspiradora.  Examinar estos veinte años de desarrollo sostenible, es una oportunidad para reconocer al mensajero de la paz y la justicia abriéndose camino lenta pero firmemente en nuestra historia.

Luis Arancibia

Luis Arancibia es Director- Adjunto de Entreculturas. Actualmente en un sabático en el Boston College.


[1] Una sistematización de la experiencia del Núcleo educativo rural de Lechecuagos puede encontrarse en http://centroderecursos.alboan.org/ebooks/0000/0703/6_FyA_NUC.pdf

[2] Todas las cifras, salvo indicación, obtenidas de United Nations Development Programme,

[3] United Nations Population division

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