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Se reabre el debate sobre los Organismos Modificados Genéticamente

15 Julio 2010

José Ignacio García, SJ

5 Mayo, 2010

La reciente aprobación por parte de la Comisión Europea de una variedad de patata modificada genéticamente ha abierto el debate sobre la aceptación de esta tecnología después de muchos años de negarse a ello.

En marzo pasado la Comisión Europea autorizó el cultivo de una patata modificada genéticamente llamada Amflora de la compañía Basf. Esta noticia no tendría mucha importancia si no fuera porque hacía 12 años que no se aprobaba un producto modificado genéticamente. ¿Qué ha cambiado para que se pueda tomar una decisión así después de tantos años?

Indudablemente un facto importante es la voluntad del Presidente Barroso de agilizar los procesos de evaluación –y su eventual aprobación- en lo que él mismo ha definido como una “innovación responsable”

Los organismos modificados genéticamente (OMG) es una tecnología que se ha desarrollado en los últimos 20 años: permite la modificación de la estructura genética de un ser vivo al incorporar material genético de un organismo diferente. Un proceso que podría tomar décadas mediante los procesos tradicionales, Mendel, de cruzamiento, con grados de incertidumbre y eficacia, puede ser conseguido rápidamente con sofisticadas técnicas que permiten la separación y la incorporación de nuevo material genético. En el caso de Amflora la patata fue modificada para aumentar el contenido de celulosa, lo que la hace más adaptada para uso industrial.

Pero esta revolucionaria tecnología, hoy extendida por todo el mundo (China e India está muy implicadas tanto en la investigación como en la producción de OGMs) ha provocado violentas reacciones, tanto en científicos como en activistas medioambientales, especialmente preocupados por los efectos a largo plazo de estas técnicas en la salud y en el medio ambiente.

Un punto crucial es la inaceptable dependencia comercial que los OGMs provocan en los agricultores. Las empresas de semillas asocian sus propios herbicidas con las modificaciones genéticas especificas que ha previsto en esas semillas, esto produce un lazo indisoluble entre la semilla y los herbicidas. El agricultor está obligado a usar un determinado herbicida (de la misma compañía) para la variedad de semilla modificada; esta vinculación distorsiona completamente la libre competencia. La falta de investigación pública en estos campos, y los derechos de protección de la propiedad intelectual por parte de estas compañías, han generado un pequeño grupo de empresas que a nivel mundial controlan esta tecnología.

Los Estados Unidos se lanzaron de manera entusiasta al uso de esta tecnología y hoy más del 80% de la soja y el maíz que producen es de este tipo. En Europa, las dudas o incluso el claro rechazo han llevado a establecer una “moratoria de facto”, algo insostenible en el largo plazo.

Durante años se detenido la autorización de nuevas variedades usando el método tan poco transparente de dejar todos los informes guardados en un cajón mientras pasa el tiempo. Sin embargo la Unión Europea se ha visto obligada a ofrecer argumentos consistentes, no sólo sospechas, para negar la autorización de estos productos.

Los ensayos se han realizado durante años y los resultados no difieren de lo que los científicos vienen informando. Desde el punto de vista alimenticio los OGM son equivalentes a los productos obtenidos con semillas tradicionales. En este sentido no se puede presentar evidencia contundente que impida su consumo, al menos con los resultados que ofrece la ciencia hasta este momento.

Por supuesto es totalmente legítimo que los estados se muestren reacios a autorizar estos productos en sus mercados. Aunque el principio precaución no se argumentar con los datos científicos actuales, ni se puede sostener en caso de conflicto comercial una demanda basada en argumentos ideológicos. Por eso el argumento de la dependencia comercial de los granjeros es la última barrera que los estados pueden establecer para oponerse a lo que parece una marea casi imparable.

La Comisión Europea ha decidido dar un paso adelante autorizando esta nueva variedad de OMG. Esta última decisión sobre la patata de Basf, y otras cinco variedades de maíz de Monsanto también aprobadas –estas incluso para consumo humano y animal- es un desafía para los estados miembros de la Unión Europea. El hecho de que algunos de los estados miembros no hayan querido responder al Comité que debe decidir estas autorizaciones muestra que las posiciones están muy divididas. La Comisión habría forzado al debate al aprobar estas variedades tratando de lograr una posición común. Es evidente que la estrategia de retrasar indeterminadamente las autorizaciones no ha dado buenos resultados; pero la autorización final es competencia de cada estado, y la Comisión necesita el acuerdo de todos si quiere que exista una posición común.

Evidentemente es necesario un debate que permita llegar a una posición común. Un escenario de respuestas divergentes sólo aumentaría las dificultades del mercado interior y crearía desventajas competitivas, además de aumentar la inseguridad de los agricultores.

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Este artículo también está disponible en:: Inglés

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