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Una reflexión sobre los suelos: Pasan desapercibidos pero son indispensables

31 Enero 2013

Cubierta de laderas en y el Océano Pacífico en la costa de California, USA. Foto de: Kyungsoo Yoo

Professor Kyungsoo Yoo

Crecí en Seúl, una de las mayores ciudades de Asia y del mundo.  Cuando era un crio Seúl mostraba los bueno y malos síntomas de una economía en rápida industrialización.  Mis años de pre-escolar los pasé jugando al fútbol y cogiendo insectos.  A veces teníamos que dejar libre el campo de fútbol para que pasasen camiones que tocaban el claxon para abrirse paso a través de las estrechas carreteras no asfaltadas, y nuestra zona para coger insectos era un terreno abandonado que daba acceso a una zona de bosque.

Muchos años más tarde estudiando un post-grado en los Estados Unidos ciencias del suelo y paisajes atravesé un momento de crisis en el que me planteaba: “¿qué me ha traído hasta aquí?”  Mi futura carrera no parecía responder a mis orígenes urbanos.

Se trataba, más o menos de lo que se llama, una comprensión de arriba a abajo.  Yo dediqué mucho tiempo en actividades con amigos muy comprometidos en ONGs medioambientales mientras estaba en la universidad.  A finales de los 80 y principios de los 90 mucha gente de mi generación sentía la necesidad de comprometerse en lo que era la urgencia del momento – la democracia y la justicia.  La presión del ambiente era contagiosa incluso para un estudiante de ciencias físicas como yo.  Entonces surgió la ecología que parecía un terreno compartido entre las ciencias naturales y las cuestiones sociales con las que yo me sentía tan comprometido.

Sentía envidia de aquellos estudiantes norteamericanos que alegaban sus orígenes en zonas rurales o de montaña como razón para elegir ecología, geología u otras ciencias medioambientales para sus estudios.  Yo no tenía esas humildes raíces.

He compartido esta historia muchas veces no mis estudiantes cuando querían conocer mi trayectoria vital.  Cuando contaba esta historia este años, de repente, una imagen vino con mucha fuerza a mi memoria.  Era 1975 y mi abuelo acababa de morir.  Recuerdo vagamente cómo era.  No guardo memoria de su voz o de alguna conversación que hubiéramos tenido.  Como se bautizó poco antes de morir fue enterrado en un cementerio católico.  Los terrenos son escasos en Seúl, pero las personas se mueren, así que las zonas más escarpadas e inhabitables de las colinas se dedican a los fallecidos.

El día de su entierro, subimos por la colina.  Los enterradores estaban terminando de cavar una fosa en el suelo y allí colocaron el féretro de mi abuelo.  El suelo era de un rojo anaranjado.  Solía decir que yo no había visto un agujero de suelo completamente abierto hasta mis estudios de postgrado en suelos.  Pero ahora lo retiro.  Yo había visto uno, rojo anaranjado, en el que mi abuelo fue enterrado.

No recuerdo que preguntara a mis padres, “¿qué hace que el suelo sea rojo anaranjado?”  Pero, ahora que me dedico a estudiar suelos, tengo mucho que decir sobre esto.  El color debe provenir de goethita y hematita, unos óxidos de hierro bastante comunes; el hierro debe proceder de meteorización de biotita; la biotita procede de rocas graníticas que están por toda esa zona.  También sé que la tumba no estaba encharcada.  Era un buen hoyo, de otra forma la mayor parte de los microbios se ahogarían durante con las filtraciones de agua estacionales, pero algunos son capaces de respirar el hierro, lo que disuelve y moviliza el hierro provocando distintas marcas visuales.  La tumba estaba llena de oxígeno que los microbios aprovecharían para descomponer el cuerpo de mi abuelo incorporándolo al ciclo natural de los nutrientes.  Un final feliz desde luego.

Creo que no recuerdo nada más que el color.  ¿El suelo tenía la franja oscura de riqueza orgánica sobre el material rojo anaranjado que es algo típico de la mayor parte de suelos?  No puedo recordarlo.  Tal vez esta capa se había perdido por causa de la erosión.  Después de las tormentas de verano mi padre solía visitar el lugar.  Estaba preocupado de que la fuerte erosión en la zona pudiera arrastrar el cuerpo de su padre.  Una vez, después de tremendo huracán en septiembre, nos dijeron que se habían perdido muchas tumbas.

Este vivo recuerdo fue un alivio para mí.  ¿Por qué?  Es difícil de explicar, más exactamente yo tenía vergüenza de que nunca hubiese visto el perfil de un suelo hasta que decidí hacerme un experto en esta materia.  El perfil de un suelo es el rostro de un suelo que te saluda cuando te metes en un agujero abierto.  El perfil de un suelo tiene horizontes – capaz que varían sistemáticamente con la profundidad.  Se llama horizonte A a la capa superior rica en materia orgánica.  Sobre el horizonte A los suelos pueden tener un horizonte O que está formado por materiales provenientes de plantas como pueden ser hojas caídas.  Debajo del horizonte A está el horizonte B que guarda lo que lixivia del horizonte A y retiene transformado química y físicamente material originario -sedimentos fluviales, lava volcánica, rocas graníticas que podrían estar allí si no hubiera suelos.  El color rojo anaranjado era el color del horizonte B donde enterraron a mi abuelo.

El perfil de un suelo puede tener innumerables apariencias diferentes.  Los suelos árticos son diferentes de los suelos templados que son también diferentes de los suelos tropicales.  Suelos formados por ceniza volcánica o de rocas graníticas heredan algunos de los rasgos de esas rocas.  En Minnesota, donde vivo, suelos debajo de arces azucareros son menos ácidos que suelos bajo piceas.  Si subes a una colina el suelo en la cima puede ser totalmente diferente al tipo del suelo al píe de la misma.  Ya des unos pocos pasos o vueles a 5.000 kilómetros de distancia tus pies nunca pisarán un suelo idéntico.  Hay suelos nuevos y suelos viejos.  Todavía quedan suelos con más de cuatro millones de años de existencia.  ¿Qué cómo contamos su edad?  Eso creo que sería materia para otro artículo.

Lo más normal es pasemos toda nuestra vida sin ver el perfil de un suelo o sin darnos cuenta de cómo es aunque esté enfrente de nuestros ojos.  Los suelos no son invisibles como el aire que respiramos.  Pero no se muestran a sí mismos hasta que ponemos un poco de esfuerzo, y cavar puede ser un serio esfuerzo.  Adán y Eva no intentaron labrar el suelo hasta que no tuvieron más remedio.  En 1975 yo era un niño de siete años con una extraordinaria capacidad para hacer preguntas a mis padres, pero todavía no me interesaba por saber el tipo de color del suelo.  Los suelos son un test muy afinado para medir la curiosidad de una persona, y lo cierto es que muy pocos lo pasan.

La importancia de los suelos no puede darse por supuesta.  Entre la lluvia y el agua subterránea y las corrientes de agua están los suelos.  Los suelos filtran el agua, por eso el agua sólo puede estar tan limpia como estén los suelos.  La capa de ozono en la estratosfera que protege la vida no podría existir sin los ciclos de nitrógeno que realizan los suelos.  El calentamiento global – en gran parte provocado por el dióxido de carbono acumulado en la atmósfera por la combustión de combustibles fósiles – está forzando la descomposición de la materia orgánica en los suelos de la Antártida.  ¿Cuánto carbono está acumulado en el suelo antártico?  Las estimaciones varían, pero probablemente entre dos o tres veces el carbono acumulado actualmente en la atmósfera.  Nosotros, los científicos, hemos identificado unos dos millones de especies, pero todavía seguimos buscando: ¿cuántos microorganismos diferentes puede haber en un gramo de suelo?  Y ese único gramo puede darnos una idea de la biodiversidad conocida del planeta.  Existe evidencia de que el aumento del oxígeno en la atmósfera que respiramos está vinculado a la co-evolución de terrenos con plantas y suelos en el lejano pasado geológico.

La población mundial alcanzará los nueve mil millones de personas pronto, y la revolución verde está perdiendo su esplendor.  La tarea de alimentar a este enorme número de personas – además de asegurar la paz junto al pan – dependerá de nuestra capacidad para gestionar suelos sostenibles.  Y esto va a ser un reto.  Al arar el suelo todos los procesos que se producen en él se ven alterados profundamente.  No hay forma de regar, fertilizar, enmendar, aplicar pesticidas y herbicidas y labrar los suelos sin que, de una forma radical, alteremos y reorganicemos las formas que soportan la vida que están en los suelos.  Sea lo que sea que le hagamos a los suelos tendrá consecuencias simultáneas y concadenadas tanto ecológicas como políticas.  La historia muestra numerosas civilizaciones que sucumbieron por haber perdido sus suelos.

Vemos que los suelos son un fenómenos asombroso: pasan profundamente desapercibidos y sin embargo son totalmente cruciales.  El Génesis nos lo recuerda firmemente.  Cuando describe a Dios creando a los humanos del barro nos recuerda nuestros orígenes humildes.  Y esto sigue siendo verdad también para los hombre y mujeres modernos.  Somos lo que comemos y no es broma.  Tenemos dentro de nuestros cuerpos el carbono.  Si un cuerpo pesa 70 Kg contiene cerca de 16 Kg de carbono que provienen del dióxido de carbono que los vegetales que comemos han foto sintetizado previamente.  Este carbono pasó por la tierra innumerables veces desde el comienzo del planeta.  El calcio, sodio, potasio y fósforo que están dentro de nuestros cuerpos todos provienen de los vegetales que lo tomaron previamente del suelo.  Incluso una persona que sea especialmente carnívora, los animales que consume incorporaron estos elementos de las plantas de las que se alimentaron.

El primer agujero en el terreno que cavé con una pala en mis manos fue en la costa de California.  Era un invierno muy húmedo.  No podía esperar a la primavera porque mi trabajo de investigación acumulaba mucho retraso.  El día que salí llovía con gran fuerza y no fue nada agradable estar cavando en medio de una tormenta.  La verdad es que lo pasé muy mal.  Poco después, un día de primavera subí a una de las altas colinas al otro lado de la meseta.  Estaba buscando una vista elevada del terreno que estaba estudiando.  La vista fue impresionante y grité de alegría.  Debajo de mí se extendían colinas verdes que llegaban hasta el azul Océano Pacífico, el resto era un cielo despejado sin nubes.  El recuerdo del invierno se superpuso en esa bella escena.  Las verdes colinas y mi duro esfuerzo bajo la tormenta compartían el suelo ahora oculto.  Por primera vez me sorprendí pensando que los suelos están ocultos, enterrados.  La misma clase de sorpresa que tuve con recordé le suelo en el que estaba enterrado mi abuelo.

Kyungsoo Yoo

Kyungsoo Yoo es un científico del suelo y profesor en la Universidad de Minnesota.  También se les llama biogeoquímico, geomorfologista o científico de ecosistemas. Estudia la formación de los suelos como parte de la evolución del paisaje.  Descubrió Ecojesuit a través de amigos y compañeros de trabajo, está muy interesado en el trabajo de los jesuitas en ecología tanto a nivel internacional como regional.  Kyungsoo quiere contribuir a este trabajo.  Se puede contactar con Kyungsoo a través del mail: kyoo(at)umn.edu

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